domingo, 15 de enero de 2017

¡EL PREDICADOR ARTESANO!

¡EL PREDICADOR ARTESANO!




Las obras artesanales son maravillosas. Esconden en sí un tesoro  no valorable. Una belleza interminable. Una creatividad soñada. Transmiten sentimientos, esfuerzos, inteligencia, es más una sabiduría especial que llamaríamos divina porque no son enseñados por ningún ser humano. Encierran dones y talentos. Las obras artesanales son encantadoras.

A mí me encantan porque llevan detalles únicos como son la huella del artesano, siendo,  su propia firma, ya que no se puede falsificar.

Tal vez alguna se pregunte ¿en qué va a terminar esto? Y yo se lo repetiría con mucha insistencia. Estas obras artesanales son de gran valor por su profundo sentido que no pocas veces escapa a nuestra mirada apocada. La figura artesanal, hermanos  nos transmite entrega, deseo, cariño, ternura, amor, afecto, atención, inspiración, contemplación, silencio…y la lista continuaría sin agotarse.

¿Has descubierto lo mucho que nos transmite lo que parece ser una sencilla obra artesanal? ¿Todavía deseas saber algo más?

El artesano y la artesana viven la presencia, su ser es la creatividad. Es más, en cada obra buscan un punto de partida; este es el centro de su atención y desde este punto trabajan, disfrutan, recrean y gozan viendo cómo paso a paso crece su obra. Y al cabo del tiempo nos regalan una belleza, un agradecimiento, una alabanza; en fin una obra que nos lleva a la contemplación, a la atención, a la acción de gracias, a la alabanza… Su obra nos comunica la mano poderosa de Dios.

Pues bien, hoy me atrevo a comparar a Juan el Bautista con un artesano que trabaja sin descanso hasta presentarnos, una belleza única y tan inmensa: esto es <<el Cordero de Dios>> ¿Y, cuál fue el punto de gravedad de Juan? Cuanto se hizo sabedor de su misión y vocación: ser testigo de la Luz. A partir de este instante Juan vive cada día esperando el signo, atento, dando forma a su “obra” a cuantos se le acercaban decididos a tomar un rumbo nuevo en sus vidas, << una voz grita en el desierto, preparad el camino del Señor>>. Juan predica la penitencia, el arrepentimiento que brota del corazón y que lleva a cabo dejar las obras muertas y a aferrarnos a las obras de la luz, esto es, a las que dan vida y la llenan de sentido; en pocas palabras, las mismas actitudes del Cordero que se acerca.

Juan, hombre sumiso a la voluntad de Dios, tomó y se entregó a su misión “muy a pecho”. Día y noche gritó en aquel desierto <<preparad el camino del Señor>>, y aquel lugar aparentemente sin vida se convirtió en una fuente que manaba leche y miel. Alrededor de él se reunieron hombres y mujeres que querrían tomar el camino por él predicado, todos querrían aprender del artesano.

Somos conocedores de la experiencia desértica; sequedad, incertidumbre, soledad… pero Juan sabía muy bien que este camino le llevaría de la nada al Todo. Sin demora empieza a dar forma a aquellos hombres y mujeres que le seguían con admiración, predicando sin descanso cada día veía crecer su tarea.

Hizo del desierto su casa. El desierto se convirtió no solo habitable sino lugar para compartir deseos y actitudes, compartir misión y vocación. Lugar de nacimiento y crecimiento espiritual.

Hermanos, admiro y envidio a Juan, tuvo que ser hombre de gran corazón y de alma bendita. Oye lo que dice <<No soy yo, pero detrás de mí viene uno que no soy digno ni siquiera de desatar sus correas>>. Pero ¿qué dices? ¡Estas consciente de lo costoso que ha sido construir casa y procurar la vida en el desierto! <<Si, lo soy. Pero este que viene detrás de mí ya existía antes que yo>>. Pues entonces ¿Tú quién eres? <<Una voz que grita en el desierto>> ¡Ante sus respuestas todos nos quedamos mudos, sorprendidos, sobrecogidos, estupefactos!… llámalo como quieras.

Juan sabe muy bien su misión, el dedo que apunta y que dice a aquellos hombres y mujeres y a todos nosotros hoy: <<Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo>> y como un corderito manso, después de apuntarnos a la misma vida, al arte, la obra predicada, nos dice <<yo solo he sido un artesano atento a la voluntad divina, Él, en cambio, es la divinidad misma, de las mismísimas manos de Dios, aquel que me envió, seguidlo, que no lo perdáis de vista, seguidlo de cerca, que no se os escape>> Así hablaba a sus propios discípulos, hombres que se habían enamorado de su forma de vida.

Juan nos señaló al Cordero, la palabra hecha carne, el Hijo del Dios Altísimo y desde entonces Éste entra en cada corazón que le abre las puertas sin distinción ninguna, seamos de Apolo o de Pablo, no le interesa; solo y únicamente le interesas tú y tu disponibilidad.

Pero parece mentira que al cabo de los siglos sigamos ciegamente como aquella enamorada que gritaba desesperada: <<Amado, ¿Dónde estás? Te busco por todos los lugares…>> y, el esposo contesta; <<No corras, no vueles, no nades…Estoy contigo, en tu corazón>>. Pues sencillamente así es.

Hermano y hermana mía, no impregnes tu corazón, tu castillo interior con otros señores que no sean “Éste Cordero de Dios”. Ahí está la clave, ahí está la verdadera felicidad y todo lo demás lo estimarás  basura, desecho, estorbos, obstáculos… Y, ¿sabes una cosa? Solo está feliz aquel que vive en su casa, y si no lo crees pregúntalo al extranjero, al hospitalizado, al que carece de un techo donde cobijarse, incluso y perdonadme la expresión: al que agoniza y desea terminar su vida en su casa.

¿Qué misterio tendrá la casa? Pues bien tú y yo tenemos solo dos opciones << seguir viviendo en la calle, - tiene que ser muy dura sobre todo con esta ola de frío -  o estar orgulloso de vivir en tu casa y ayudar a encontrar a aquel ha perdido la llave de su propia casa>> La elección es individual y no te olvides ¡el volante de tu vida lo coges tú, Dios será el motor, y puedes o no seguir atentamente las señales que te ponen en la carretera!

De todas formas deseamos a todos feliz viaje de vuelta a casa.

Abrazos fraternos

                   

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