jueves, 8 de diciembre de 2016

                                    <<Alégrate llena de gracia>>


A ti celestial princesa permíteme recordarte aquel hermoso día, aquel bello instante de tu vida que ocurrió lo inesperado en ti, en esa aparentemente flaqueza humana. Quiero pensar que no hubo temblores de tierra, ni relámpagos, ni truenos, ni escenas magnificas… sino que todo transcurrió con cierta normalidad. Era como otro día cualquiera en este pueblo, sin fama ni espectáculos, todos seguían ganando el pan con el sudor de su frente, uno para allá y otro para acá. Era la vida cotidiana, vida de trabajo, en la vida de oración, de enseñanzas…José tallando su madera y todos los nazarenos seguían con la rutina diaria. Y tú seguro que amaneciste como en otros días tantos alabando al Señor según te inculcaron Joaquín y Ana, tus santos y benditos padres. No ceso de imaginarte levantarte por la mañana con los ojos vueltos a Dios y el alma en alabanza, en unión con el Dios Santo de Israel (ya que no podía faltar el respeto a Dios y a los antepasados ilustres como el famoso rey David hombre bueno ante Dios) y en tus quehaceres como cualquier otra muchacha de tu edad.

Pero en Aquel entonces, en Aquel día que bien lo recuerdas, algo inesperado, algo misterioso ocurrió. María déjame que te pregunte, una muchacha como tú, en todo caso una mujer que no podía tener la Sagrada Escritura en la mano, ¿Cómo te apañaste para estar asiduamente en contacto con la Escritura? Yo te imagino una mujercita sobre todo humilde pero bien derecha, con la cabeza lucida y reflexiva. Pero que no solo vivía de la cabeza sino del aliento que te brotaba del corazón del cual habías regado con la Sagrada Escritura. Poseías unos ojos que no se quedaban en lo que veían, sino que atravesaba y sondeaba palabra tras palabra lo que  leía, unos oídos que más que oír desde fuera, escuchaban el latido del corazón, escuchaban los deseos más secretos y los compromisos más íntimos del corazón. Y tu boca bien cerradita para no dejar escapar el ardor del Espíritu que en este corazón ardía. Por eso supiste bien escuchar y contemplar tu vida tras los misterios trazados. Si no fuera así Virgen Santísima, ya que Dios no te obligó a participar en el misterio de Corredentora. Dios te había mirado, se había fiado en ti  y como a su hija y esposa te quiso, Dios ya te había preservado de todo pecado porque así lo quiso.

Di que sí, conocías las profecías y constantemente las rumiaba en tu corazón, tu pertenecías a los anawines que muy confiados esperaban la promesa salvadora del pueblo de Israel. Seguro que ningún día pasó por tu cabeza que tú pudieras ser aquella mujer que había recibido de Dios un especial don, una singular gracia de Dios, al que Dios le había preservado del todo pecado. Aquella mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente. Tú lo sabias bien que había esperanza plena para seguir creyendo en las divinas promesas y tú vivías a la escucha atenta, aunque sin caer en la cuenta, que el nombre más bonito que Dios, daba al hombre caído te pertenecía <<la llena de gracia>>. Tú la predestinada a llevar en tu seno Aquella Semilla que a su vez aplastaría a satanás, el mal, con la espada doble de su boca. Tú la exaltada a la gracia santificante que el hombre había perdido por desobediencia, Tú la obediencia absoluta incluso en los momentos más oscuros de tu vida terrenal. Tú la mujer vestida del sol. Tú que desde el claustro silente de tu corazón mantuviste una relación íntima con Dios. Tú la bendita que iba a hacer real la unión esponsal de Dios con su pueblo. Todo eras misterio, nunca vivido y tan esperado, y sin saberlo tu llegabas a ser esta elección escogida y divina de Dios.

¡Qué sorpresa tan alegre! cuando el ángel te dice que has recibido gracia ante Dios. ¡Qué gran don en tan frágil humanidad! Todo aparentemente parece muerto, no había vida, el hombre vivía en caos  pero tú doncella princesa sigues con la mano firme en el arado. Confías contra toda desconfianza, esperas sin perder el rumbo. ¡Aquel Dios que no podía ser visto iba a encarnarse en ti! ¡En esta humilde criatura! ¡El Salvador del mundo! ¿Y José, y mis padres? A pesar de todo, tu confías y pronuncias tu <<hágase>>. Dios en ti restaurará al mundo entero y a través del fruto bendito de tu vientre será redimido.

Es verdad que Dios te pide mucho, pero tú abriste tu corazón de par en par para su misión. Te sientes como una ramita ante el mundo perdido, pero esta rama brota de un árbol inmenso que tienen sus raíces bien profundas. Tu fuerza se encuentra en la fe enraizada en ti a través de los santos escritos. Y en tu mente hace como un “clic” y tomas conciencia de la misión encomendada, de traer al mundo al Salvador. Sí, Santísima Madre, este misterio crecerá en ti y por tu enseñanza pasará la obra bendita del Dios Santo. Tú por una voluntad explícita de Dios, como una rosa que crece entre espinas, supiste vivir en un mundo contaminado por el pecado y más aún cuidaste y alimentaste con cautela aquella promesa del Padre. Sí, tú la preservada del pecado.

A ti madre celestial, por ser de nuestra raza, Dios te cubrió con su sombra para prepararle a su Hijo bendito una morada digna. Tus entrañas Madre mía fueron esa casa divina de Cristo. Y así la omnipotencia de Dios y su divino poder se realizaron en ti. Y tú humildemente inclinaste la cabeza ante tan gran misterio y te encomendaste a la divina voluntad del Padre. Tomando muy a pecho esta misión te alejaste de todo aquello que podía manchar esta gracia divina fracasando así la obra salvadora.

Santísima madre, ¡qué bello llevar al Hijo unigénito del Padre en tu seno! Por tu disponibilidad plena pudiste después a través de este fruto bendito poder luchar contra el satanás y sus poderes en aquel largo camino. Desde  la encarnación hasta la resurrección todo fue misterio en tu vida, misterio que solo se vive desde la fe y la oración sin medida. Humildemente seguiste escuchando y meditando todo lo que en la vida pasaba desde tu corazón. Enseñando al divino Niño y dejándose enseñar por Él.

Hoy dos mil años después Virgen y Madre celestial te suplicamos que  intercedas para que  Dios nos alcance la gracia divina para estar a la escucha de su voz en medio de tanto ruido que nos envuelve y para esta disponibilidad que tuviste para llevar a cabo toda obra buena que Él nos tiene predestinado.

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