domingo, 16 de octubre de 2016

Domingo XIX Tiempo Ordinario, C, Lucas 12, 32-48



Estamos muy queridos hermanos ante una pregunta que quisiera con todo respeto personalizar en cada uno de nosotros, por ejemplo, ¿si viniera el Hijo del hombre hoy, encontraría fe en mí?  Sería posible que Él me diga, “¡en toda la tierra no he encontrado ningún hombre, ninguna mujer con tanta fe!”. Pues bien a partir de esta pregunta que nos plantea el Evangelio de hoy, podíamos cada uno de nosotros mirar atentamente, y si cabe decir examinar nuestros corazones ante Él, que todo lo ve y todo lo conoce.

¿Yo creo? Y, si creo ¿en qué realmente pongo mi fe? ¿En el poder, el tener, el saber o en un Dios que todo lo puede hasta lo imposible, un Padre que constantemente me interroga con su vida entregado por mí  a través de su Hijo único y muy querido, en la persona tangible de mis hermanos?

¿Crees en un Dios que se abajó para encarnarse en el vientre de una pobre joven nazarena? ¿Un Dios que no nació en un palacio sino en un pesebre entre los animales, que olió a estiércol en su muy tierna edad? ¿Un Dios que conoció la persecución de los indefensos y vivió la suerte de los extranjeros? ¿Un Dios que fue considerado fuera de sus cabales por los suyos y rechazado rotundamente por los que lo vieron crecer en estatura y en sabiduría; por su pueblo? ¿Un Dios que ante un pueblo insensible y ciego fue torturado, crucificado y muerto en la cruz, porque maldito aquel que moría colgado en una cruz? Oye lo que te digo ¿Crees en este Dios?

Pues bien, a este Dios en el que yo personalmente creo firmemente, lo vemos en toda su vida terrenal clamando continuamente “hazme justicia”. Hoy muy querido hermano y hermana, tú y yo somos a los que han sido confiados a esta obra de salvación a los que continuamente gritan “hazme justicia”. Hoy tú y yo somos sus manos para abrazar al que necesita consuelo, somos sus pies para llegar a aquel que no tiene nadie a su lado, somos sus ojos para iluminar el mundo con una mirada nueva, una mirada que nos lleve a acercarse cada vez más al que sufre, somos sus oídos para oír y responder sin demora a tantos clamores de justicia, somos su boca para “proclamar su palabra, insistir a tiempo y a destiempo reprochando, reprendiendo y exhortando con toda paciencia y deseo de instruir”. Tú y yo somos los primeros llamados a hacer esa justicia al marginado, al hambriento, al enfermo, al encarcelado, al sediento, al niño y al anciano.

¿Qué cómo es posible? Creer es admitir lo imposible. No te quedes en la superficie de la fe, rema mar adentro de tú corazón e interrógate sobre la fe. Si encuentras algo de fe en ti, camina hacia adelante como un buen soldado de Cristo en la tierra, de tal forma que Dios pueda contar contigo en la salvación del mundo. Al contrario, trata de darle nombre a todo lo que te impide cree en este Dios sufriente en los hermanos que nos rodea o en nosotros mismos porque la atención misma te ayudará encontrar respuesta, y evita muy querido hermano y hermana todo lo que te aleje de ese Dios Padre misericordioso y bondadoso. Nuestro Padre celestial lleno de Amor.
                                                             
Paz y Bien, hermano y hermana que Dios te bendiga.


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