jueves, 20 de octubre de 2016

LLAMADOS DESDE EL AMOR PARA EL AMOR
Por entonces tendría tres o cuatro añitos, y  era tan traviesa como todas las niñas de mi edad. Los juegos con mi “pandilla”  era lo que más me gustaba y sobre todo cuando nos reuníamos para  escuchar los cuentos de la abuela paterna. Me acuerdo de  aquellas noches, contemplando las estrellas que brillaban como la arena bajo el sol, alrededor del <<hermano fuego>>, con mis primos y escuchando muy atentamente la voz de la abuela para que no nos escapara ninguna de sus palabras, llena de sabiduría. ¡Qué escenarios más bonitos mirando a aquella mujer que nos  edificaba  con sus cuentos! Y nosotros con esas caras iluminadas de satisfacción al mirar  los gestos de la abuela…ya que se convertía ella misma en un cuento… ¡que bella experiencia! Hasta hoy resuena en mí claramente aquella experiencia…ah y, sobre todo el  famoso cuento “Fátima y la fantasma” que nos enseñaba la obediencia y las consecuencias de la desobediencia. Eran noches inolvidables y noches de sabiduría; contemplando aquella manta de estrellas, que iluminaba más que la luz misma.
Pero, mi niñez también fue muy marcada por muchas interrogantes, a los que nunca encontrábamos respuesta con mi hermano pequeño, con el que nos llevamos un año y medio. Nos preguntábamos: cómo podía salir la voz de nuestros adentros,  qué eran las lágrimas, y nos decíamos: ¿tendrá el cuerpo un río como el que pasaba por nuestra huerta? ¿De dónde viene tanta agua que cae como lagrimas?, ¿cómo podíamos cantar? ¿De dónde venía esa voz? ¿Por qué  papa no podía hablar como nosotros? ( mi padre es sordomudo y eso nos llamaba mucho la atención). ¿De dónde los distintos sentimientos? La verdad nos asombrábamos ante tantas maravillas y la conclusión nuestra era “hay un ser tan poderoso, tan grande, y tan soberanamente  inteligente que había realizado todo esto. No, no era cualquier ser, no era un ser como nosotros que somos limitados, era “un ser sin comparación alguna”. Con esa sencillez de los niños, nos sentábamos bajo la sombra del cinamomo y desde allí hablábamos de  nuestras cosas. Así ese deseo de conocer tal personaje dejó una huella impresa en nuestras pequeñas mentes.
A nuestras preguntas, aunque no formuladas directamente, las contestaba mi madre. Es de agradecer a Dios que nos bendijo con una madre que supo  leer nuestros interrogantes y procuró hacernos más conscientes de “Ese Ser”; nos condujo a las puertas de la Iglesia y nos enseñó a  amar a Dios en nuestros prójimos.
La iglesia era nuestro lugar más añorado como el de todo cristiano en África (y hablo de África porque es el lugar del que más conozco sus costumbres – lo que más sorprende para no decir lo más “raro” es que un cristiano  no se presenta a una iglesia en Domingo, porque los Domingos son días dedicados plena y absolutamente a Dios, sin más).
¡Cuánto deseábamos que llegara el domingo para despertar a las seis de la mañana y no para mirar dibujos animados,  ni para charlar, ni para contestar el “WhatsApp”, ni para  coger nuestro “Tablet” o para escuchar música, sino para ir a  la Escuela Dominical, a cantar, a bailar, a escuchar la palabra del Señor, a encontrar con los amigos y sobre todo a salir al altar para ofrecer a Dios nuestras peticiones, nuestra acción de gracias, para pedirle perdón por lo que hubiéramos fallado en nuestras casas o por pelearnos con los alumnos en la escuela!

Mil gracias les doy siempre a mis padres que me señalaron este camino tan vital y tan bonito desde una tierna edad, por desvivirse  para que sus hijos vivieran lo mejor posible, y educarnos a que Dios sea el centro de nuestra vida, fuere lo que fuere nuestra opción de vida. Tuve una madre que supo reunirnos todas las noches para la acción de gracias a Dios y para encomendarnos a él durante la noche y que también supo madrugar para que nos guiara a empezar el día con la señal de la cruz y para encomendarnos al cuidado de Dios durante el día. La falta más grande y más dolorosa para mis padres es no ir  a la Iglesia para la celebración de la Eucaristía y la de no atender a la oración de la tarde.
Ésta, amados en Cristo, es la más preciosa y valiosa educación que pude recibir de mi propia casa y que lo llevo muy adentro de mi corazón y estoy muy  agradecida. No olvido la mirada ensanchada de la fe que la Iglesia me regala y a muchas otras personas que Dios puso en mi camino para que me ayudaran. A todo ellos les recuerdo con mucho cariño y afecto.
Como veis fueron contestadas  mis muchas preguntas. Mi madre me señaló a ese Ser tan poderoso y sobre todo tan amoroso. Me hizo entender que Cristo dejó impreso su huella en la persona del otro, muy grabado en el fondo del corazón de cada hombre y mujer. Que Dios con entrañas misericordiosas nos hermanó a todos en la persona de su Hijo Jesús, de tal forma que ya nunca nos puede separar, ni el color de nuestra piel, ni la raza, ni la nación, ni las lenguas etc.
Me hizo saber con fuerza que él (ese ser tan grande) no me obliga a seguirle, sino que yo tengo la libertad de elección pero con clara conciencia de lo que nos proclamó el evangelio del Domingo XXI<<entrando por la puerta estrecha>>, sabiendo que la salvación es de Dios pero que me exige cierto comportamiento, mi cooperación con él de tal forma que si yo necesito esa salvación debo acoger su invitación, no porque Dios sea un “caprichoso” de “tú me das, y yo te doy” sino porque él me quiere responsable también de las decisiones tomadas en vida.
Mi madre me enseñó  a abrir mi corazón a Dios y a combatir valientemente todo aquello que me aleja de asemejarme más a Cristo: mi pecado y todo lo que no corresponde a ese amor entregado por Cristo desde la cruz. Ella, me hizo comprender que yo no era, ni ninguno de sus hijos, ni ninguna persona viviente “un accidente” en este mundo, que Alguien nos creó a todos por algo, para que existiéramos para siempre, que ese Alguien necesitaba y deseaba plenamente mi (nuestra) relación con él desde cualquier vocación que eligiera, que yo pertenecía a una familia aún más grande que la de mis padres y de mis doce hermanos; la familia de Dios, y nada menos que ser como su propio Hijo, Jesucristo, servirle y hacer realidad su proyecto sobre mí en este mundo. Este al fin seria el gozo y la alegría de Aquel que me había pensado desde siempre, desde que me formé en el vientre de mi madre.
 Este fue y es mi gozo de tener unos padres que me desearon lo mejor en este mundo: me  informaron, instruyeron, enseñaron y  me dejaron decidir mi camino con plena libertad.
Seguí creciendo y admiraba la vida llevada por los que se habían entregado a Cristo, me gustaba mucho escucharlos y verlos tan entregados y poquito a poco esas ganas de entregarle toda mi vida al Señor, fueron cada vez mayores e incluso le pedía que me concediera servirle en su viña a pesar de mis debilidades como aquellos hombres y mujeres, que en su vida sin decir casi nada decían todo.
 Por el camino me encontré con muchas ofertas que a su vez me ofrecía otros caminos de alcanzar la felicidad: tener un trabajo y ganar mi dinero, encontrar a un buen novio y casarnos para toda la vida, estudiar y alcanzar grandes conocimientos etc. y no sé si  por casualidad o porque esto formaba también parte de mi crecimiento personal, al terminar mis estudios, todas estas ofertas las tenía en mi mano, solo faltaba una cosa, dar el sí por mi parte, y yo tenía muy claro que con ello tendría una seguridad cierta en mi vida, y ya no tendría que depender de mis padres.
Pero los caminos del Señor son distintos y puedo decir sin ningún pudor que ninguna de esas ofertas daba satisfacción a mi corazón, yo sentía un vacío que ni una ni todas esas cosas  juntas podían llenarlo, yo deseaba un amor más grande, y sin duda lo tengo y lo poseo, del Rey del universo, un amor más sabroso, un amor sin fingimiento, y solo podía ser de Aquel que murió en la cruz por mí,  un amor que nunca falla aunque yo le fallare mil veces.
En las vacaciones cuando no teníamos clases me iba con grupos de voluntarias para ayudar a gente mayor o niños desfavorecidos, o simplemente visitar a enfermos en sus casas, ya que esto es muy de costumbre en mi Iglesia local: Dedicarle un tiempo  a quien te necesite. Trataba de frecuentar todos los encuentros que preparaban en la iglesia tanto de los maestros de las escuelas dominicales en la Diócesis, como juveniles. Trabajábamos mano a mano con otros jóvenes de otras iglesias, dado que esto estaba muy organizado para que los jóvenes no nos perdiéramos en nuestro camino de fe.  Habrá quien se desvíe de este camino pero es porque lo ha querido y yo personalmente me sentía con una gran responsabilidad por mi fe y la de los demás jóvenes que trabajábamos juntos. De ahí han salido buenos y felices matrimonios, sacerdotes y religiosos ejemplares, en fin, gente buena que han ofrecido su vida sirviendo en la Iglesia y en la sociedad en distintas profesiones. Fue y es una idea que realmente que nos ayudó y ayuda mucho a los jóvenes. Es para mí una verdadera alegría cuando me comunico con muchos de ellos y me cuentan lo felices que son; con dificultades; pero que saben ponerse en las manos del Señor, y que saben solucionar sus problemas a la luz de la fe, esa fe que nos enseñaron de tiernas edades y que hemos ido cultivando día a día.
Yo quise finalmente LIBREMENTE y CONSCIENTEMENTE, (y hago mucho hincapié en este punto, ya que hay quien piensa que los extranjeros en los conventos fuimos secuestrados, no sé de qué forma) servir al Señor separándome del mundo para estar más en contacto con él a través mi oración.
No perdí mucho tiempo pensándolo porque ya ardía mi corazón al pensar que ese Alguien tan importante, <<el más bello de los hombres>> me esperaba. Abandoné un trabajo muy bueno, ya traía conmigo mis estudios, dejé mis amigos, mi tierra querida de Kenia y  cómo no a mi muy querida familia.
Aun me resuenan muy vivas las últimas palabras de mi madre <<hija estamos muy contentos por ti, por tu elección de vida  aunque nos duela la separación. Pero vete, entrégate a Dios sin mirar hacia atrás y nunca se olvide de nosotros, como nosotros de ti>> y se le cayeron las lágrimas. Era una separación dolorosa, un partir sin saber si volveríamos a encontrarnos algún día pero la fe nos lo prometía, si no pronto, más tarde. Partí de mi pueblo con una sola certeza que la tengo hasta el día de hoy “Dios me llamó pues él se dispuso a ocupar mi lugar en casa”. Salí sin saber nada de lengua castellana, sin saber por dónde estaba España pero con mucha confianza de llegar y realizar mi servicio de entrega al Señor, y esa confianza me trajo hasta aquí a España en estas tierras Andaluzas  de Belalcázar “el pequeño rinconcito del cielo” (así lo llama la gente que lo conoce) con mis once lindas hermanas que día tras día nos dedicamos con solicitud y empeño a seguir las huellas de Cristo, tras el carisma y testimonio de vida dejado por nuestros muy queridos fundadores y hermanos nuestros, San Francisco y Santa Clara de Asís. Soy muy feliz y estoy muy contenta sirviendo al Señor en esta su viña a pesar de mis debilidades, pero siempre recordando las palabras de nuestra hermana y madre Clara en su IV Carta a Inés de Praga << ¡Llévame en pos de ti, correremos al olor de tus perfumes oh esposo celestial! Correré, y no desfalleceré, hasta que me introduzcas en la bodega hasta que tu izquierda esté debajo de mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente, hasta que me beses con el ósculo felicísimo de tu boca>>.
Dios nos llama y nos sigue llamando a seguirle, intentemos no hacer oídos sordos porque él no grita, su voz es muy suave y muy dulce y muchas veces pasa sin ser percibido. Yo personalmente les diría a los padres y les exhortaría a no echar la gracia de Dios en saco roto; los hijos son una gracia inmensa de Dios, él nos los confía; eduquémosles  pues  a poner a Dios en el centro de su vida, a abandonarse en manos de Aquel que ama y corrige sin herir, a alimentarse con su Palabra. Démosle esta fe que hemos recibido de otros y nunca nos avergonzaremos ni de nosotros mismos, ni de ellos.
Que Dios les bendigan a todos. Paz y Bien.
                                                                                                  

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