domingo, 5 de febrero de 2017

SAL DE LA TIERRA Y LUZ DEL MUNDO


Sal de la Tierra y Luz del Mundo.

Después de que Jesús nos diera a conocer su rostro, el rostro visible del Dios invisible, después de hablarnos de quien es Él y después de invitarnos a abrir nuestro corazón a lo nuevo, a la novedad de Dios que es <<el Reino de los cielos>>, nos invita a participar de ese Reino, << tu que eres sabedor de estas cosas, comparte tu pan con el hambriento, viste al desnudo, hospeda al sin techo y no vuelvas la espalda a tu hermano…>> porque el hombre es uno solo del cual el mismo Cristo en persona es la cabeza.

Damos gracias encarecidamente por todas esas personas que, por su empeño reúnen, discuten, plantean e intentan solucionar tantos problemas que asedian el mundo, salvaguardando así la dignidad humana. También sería bueno preguntarnos ¿por qué cuesta tanto hacer surgir en nosotros, como la aurora, la luz verdadera? ¿Por qué hoy en día los problemas humanos como las guerras, la violencia del género, la trata de niños, el tráfico de armamento y drogas, la corrupción, la crisis migratoria, las persecuciones…siguen resistiéndose a las soluciones ofrecidas?

De nuevo su palabra, la palabra verdadera y eficaz vuelve a bombardear nuestros corazones endurecidos <<cuando compartas y apartes de ti el gesto amenazante, entonces brillará tu luz en las tinieblas y tanta oscuridad se volverá como la claridad del mediodía>>

Muchas veces hermanos podemos sentirnos impotente, frágiles y sin fuerza como Pablo en la carta a los Corintios. Tal vez nos sintamos débiles ante un mundo rápidamente modernizado. Pero Dios nos pide y nos insiste en nuestra pequeñez a abrir los ojos para saber descubrir la acción de Dios incluso en aquello que no entendemos por ahora,  porque Dios se reserva el derecho de actuar como quiere y hace aparecer su Reino bajo cualquier aspecto, más allá de nuestras secretas aspiraciones de brillo y triunfo. Pablo a su vez supo actuar con toda certeza  convenciendo aquellas personas por medio del Espíritu Santo y del poder de Dios a fin de que su fe dependiera del poder de Dios y no de la sabiduría de los hombres.

Lo único que nos pide Jesús es conocer nuestra misión: <<vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa con qué la salaran… vosotros sois la luz del mundo… No se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos en la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los Cielos>>.

¿Qué quiere decir esto hermanos? Que no estamos llamados a adoctrinar la gente y nada más  sino a ser testigos fieles de lo que predicamos. No podemos ser “sal sosa”… recordad aquello de la tibieza que el ángel de la iglesia de La odisea decía: << ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca>>.

Nosotros los cristianos, no tenemos otra misión que “ser otros cristos” aquí y ahora, y, ser Cristo no es otra cosa que vivir, insistir, permanecer, clamar y esperar sin desfallecer día tras día en la verdadera Verdad. La palabra de Dios nos debe de quemar, nos debe de purificar todo aquello que no sea digno de este Nombre. Así como desciende la lluvia y no vuelve allá antes de empapar la tierra, de fecundarla y de hacerla germinar, así debe ser la Palabra de Dios en nuestro corazones.

Hermanos míos, si hoy todavía la palabra de Dios no nos dice nada, si no nos transforma, si no nos conmueve por dentro hacia una verdadera conversión, si Cristo, quien se anonada diariamente en la Eucaristía, no nos interpela, dejándonos cada vez más capaces de sazonar y de iluminar, entonces estamos perdidos. Porque no valemos más que para ser tirados por los caminos y pisoteados por los transeúntes.  Mas si vamos cultivando pacientemente una atención descentrada de nuestro yo y dirigida hacia los demás, si va creciendo nuestra capacidad de apertura, de escucha y respeto ante el misterio de los otros, iremos siendo más capaces de acoger la Vida que se nos entrega cada día. La Vida que se quiere mezclar con nosotros, con nuestra fragilidad, nuestra pequeñez. Sin miedos ni condiciones. Entonces tendremos sabor, podremos sazonar, iluminaremos y cuantos vean nuestras buenas obras darán gloria a Dios y aunque aparentemente nos parezca ausente estaremos seguros de que Él, el Dios misericordioso que da sentido a nuestra vida, permanece en nosotros.

Hermanos y hermanas quisiera terminar esta reflexión con la palabras de San Juan de Ávila <<Corred de aquí en adelante vuestra carrera con ligereza, como quien ha echado de sí una carga pesada que se lo impedía. Fiaos de él, pues tantas razones tenéis para ello, y lo que escarbáis en vuestras miserias, escarbadlo en su misericordia, y sacaréis más provecho que de lo primero>>.


 Paz y bien a todos y a todas, que Dios nos bendiga.

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