jueves, 24 de noviembre de 2016

TESTIGOS DE LA VIDA.


“Si con fe logra vivir el hombre muy humildemente, aunque nada tenga, feliz será siempre” decía un cantante. Jesús, Hijo de Dios nos indicó la vida cuando afirmó: “yo soy el camino, la verdad y la vida”. Todo hombre y mujer de este mundo andamos cada día buscando la vida, aquella vida que da sentido a nuestro vivir, para dejar de vivir solo de existiendo. Todos buscamos esta vida, pero somos tan ignorantes hermanos que la seguimos buscando, cuando hace dos mil años que Cristo se nos entregó y todavía no acabamos de entender que Él vive con nosotros. Hermanos andamos buscando a Aquel que está desde el principio dentro de nosotros, no hace falta ir para allá o para acá, no hace falta una búsqueda proyectada hacia fuera, porque entonces estamos perdidos, el único camino para encontrar esta Vida Eterna hermanos, se hace hacia dentro, hacia nuestra propia persona que abarca a Aquel a quien los cielos no pudieron contener. Muchas veces nos hemos desviado del camino tratando de buscarlo por muchos lugares en  vez de dejar que esta vida que está ya en mis adentros se manifieste en mi persona. Hasta que algún día ya cansados de tanto caminar  nos encontraremos con Él como otra Marta que andaba afanada en muchos quehaceres  y que nos diga “párate ya y déjeme actuar en ti”. Es el  momento en que nos daremos cuenta de que hemos perdido casi una vida entera buscando otros ídolos, escuchando ruido y afanados por aquello que no nos llena ni da ningún sentido a la vida. Pero como tengo la libertad plena de elección puedo negarlo…y lo siento en el corazón pero tengo obligación de dejarlo claro: que quien niega la existencia de Dios, niega su ser de persona. Un corazón sin Dios se asfixia, es como meter una bolsa de plástico en la cabeza y seguir diciendo “quiero vivir”; pues quítate la bolsa de la cabeza y respira.  Respira la Vida de Jesús y goza dando gracias de vivir en Él. Quien descubre este tesoro tan grande, lo comparte y hace que a los otros sientan el gozo de tenerlo. Se parte y se reparte para que el otro tenga vida.

Cristo desde siempre nos espera en el fondo de nuestro corazón. Allí en el escondite donde se realiza los más íntimos secretos. Allí está su morada dentro de cada uno de nosotros y nunca fuera de nosotros, y, allí hay que buscarle para encontrarle. Allí vive Aquel por quien todo fue creado y sin Él nada se hizo de cuanto fue hecho: la Palabra que ya desde principio existía ante el Padre, nos dice el prólogo del Evangelio de S. Juan. Que inmensa caridad hermanos que Aquel que es Hijo Eterno del Padre habite en ti y en mí, ¿por qué no lo acabamos de creer? Sí, Aquel que se encarnó para ser revelación plena y definitiva del Dios invisible, ese habita desde siempre en el corazón de cada ser humano, creyente y no creyente, y desde allí nos habla y nos espera hasta que algún día tornemos hacia dentro para darnos cuenta de este tesoro, de este eterna felicidad que llevamos en vasijas de barro. Pero en ello no hay temor ni miedo alguno, como en aquel entonces de  nuestros antepasados que temían morir porque habían visto a Dios con sus propios ojos, ¡NO! Él es la Palabra por quien el Padre se nos comunica. Es nuestro Hermano mayor, nuestro Guía, nuestro Espejo en quien debemos reflejarnos siempre: “La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros”, por tanto hermanos tú y yo somos su morada, su tabernáculo en donde Él tiene que estar a gusto. ¿Cómo? porque llevamos la Imagen Perfecta y visible de Dios en nosotros, en nuestros corazones. Y ya descubro que cuanto le contemplo, me contemplo a mí porque ya existe una común unión, Él se torna siempre y me mira a mí mientras yo le miro. Ya no existe este abismo inmenso, inaccesible, insalvable, oscuro… que nos separaba del Padre en tiempos inmemoriales, porque la Luz y la Vida ya vinieron en nuestra tierra y moran en cada uno de nosotros. Y en esa mirada a Él también llego a descubrir, su presencia en la mirada de los que me rodean.

Pero hay que estar alertos muy queridos hermanos para no perder la meta. Cristo vino al mundo pero el mundo no lo reconoció ¡qué pena! “vino al mundo pero los suyos no lo recibieron”. Por tanto hay que tomar conciencia de que Cristo no obliga a nadie para que lo reconozca, “solo a los que lo reciben, aquellos que creen en su nombre, les da potestad de ser hijos de Dios. Que quiere decir, que tú y yo aunque poseamos nuestra débil naturaleza, Dios nos ha hecho  hijos y herederos de su Hijo, y, hemos de dar testimonio de esta verdad que habita entre nosotros, el testimonio de la Vida verdadera y aunque lo rechacen de pleno, tu y yo tenemos una común misión acogerle con entusiasmo y proclamar sus hazañas día tras día. 


Desde estos cuatros muros de este trocito del cielo aquí en la tierra que Dios nos ha regalado a todas las hermanas que aquí viven, quisiera hacer llegar mi grito y mi voz a todos: que “Dios vive y Dios está en ti querido hermano y hermana. Alégrate de esta gracia y de esta noticia de que, tú y yo llevamos al Hijo de Dios en nuestros corazones, conscientes o inconscientes. El Rey de los reyes vive en ti descúbrelo y que seamos tu y yo instrumentos de Él”. Que el que mas lo necesite no falte su trozo de esta alegría universal de reconocernos hijos en el Hijo.

Que Dios le bendiga hermano y hermana muy queridos.

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